Lo que nos jugamos en las próximas elecciones europeas

Ya no se puede hablar de “enemigo a las puertas “, sino de “enemigo tras las puertas “
Ante la amenaza de un asalto eurófobo del Parlamento Europeo, la UE debería activar con rapidez reformas principalmente en materia de inmigración y euro

Pese a la recurrente amenaza, los partidos y movimientos antieuropeos no han logrado hasta ahora asaltar el Parlamento Europeo y bloquear las instituciones de la UE. En las anteriores elecciones europeas de 2014, casi lo lograron. Al final, los tres partidos más importantes y tradicionalmente pro europeístas – popular, socialista y liberal – lograron el 61 por ciento de los escaños. Fruto de la Gran Recesión de 2007-2008 y la crisis del euro de 2010, las fuerzas antiestablishment ya lograron unos buenos resultados, aunque no decisivos. Desde entonces, las democracias liberales y los partidos tradicionales han vivido un auténtico tsunami electoral. Desde el referéndum del Brexit en junio de 2016 hasta la elección de Trump en noviembre de 2016, el auge de Marine le Pen en Francia y Alternative für Deutscland en Alemania, la victoria combinada de la Liga Norte y el Movimiento 5 Stelle en Italia y la caída de los gobiernos en Polonia y Hungría en una deriva iliberal, las fuerzas antiestablishment han logrado en algo más de dos años una serie de triunfos muy significativos.

Lejos de tomar la fortaleza europea, las fuerzas antieuropeas no han logrado hasta la fecha obtener resultados que les permitieran trabajar juntos para bloquear el funcionamiento normal de las instituciones europeas. Fuera por ignorancia respecto a sus posibilidades, desprecio hacia un enemigo que consideran inferior o por pura debilidad numérica y organizativa, en lugar de utilizar sus escaños para demoler Europa desde dentro han utilizado el altavoz mediático y los recursos económicos y organizativos que les proporciona el Parlamento Europeo para reforzar su atractivo electoral en sus estados de origen. Gritar mucho en el pleno, cobrar las dietas por asistencia y volverse a casa lo más pronto posible ha sido su patrón de actuación. Hasta ahora. La próxima vez puede ser diferente. En los momentos actuales ya no se puede hablar de “enemigo a las puertas “, como decían los romanos ante la embestida de Aníbal en su momento, sino de “enemigo tras las puertas “. Veamos algunas razones para ello.
La primera es que el contexto global hoy es de crisis de la democracia representativa. Desde las anteriores elecciones europeas, Londres, Washington, Brasilia, Méjico, Roma, Varsovia, Budapest, Viena, etc. han caído en manos de fuerzas populistas. Las elecciones estadounidenses, mejicanas o brasileñas demuestran que estamos ante un fenómeno global e interconectado entre sí. Los populistas han hecho diana en sucesivas ocasiones, tienen confianza en sí mismos y disponen de un catálogo de técnicas electorales y de comunicación no por fraudulentas menos efectivas.

No es casual que el jefe de la exitosa campaña electoral de Trump y representante de la ultraderecha mediática y política estadounidense, Steve Bannon, se haya personado recientemente en Bruselas, capital comunitaria europea, y en la Roma xenófoba de Salvini. En Bruselas ha fundado The Movement, un club para propagar el ultraderechismo fundado por el político belga Mischaël Modrikamen. Bannon financia la operación parte de su bolsillo, ya que hizo una pequeña fortuna como banquero en Goldman Sachs, y parte con donaciones privadas que no ha identificado. Planean desembolsar entre 25 y 50 millones de dólares hasta las elecciones europeas de mayo del próximo año. La principal tarea del club, además de estudios y asistencia a los partidos ultraderechistas, consistirá en una macroencuesta de actitudes de los votantes sobre Europa. En la cartuja de Trisulti, situada al sur de Roma, la mano derecha de Bannon, un tal Harnwell – de nacionalidad británica y ex asesor de un diputado tory en el Parlamento Europeo – está montando la denominada Academia del Occidente Judeo-Cristiano, una especie de universidad que quiere formar a futuros líderes desde el prisma del ultracatolicismo. Harnwell ha declarado lo siguiente: “Queremos estar atentos a lo que es Occidente para defenderlo mejor de las varias formas de ataque existencial que están llevando a cabo posiciones de gran poder “. Todo está basado en las ideas de Bannon. El Estado italiano ha cedido recientemente la cartuja de Trisulti al instituto católico Dignitatis Humanae (IDH), una especie de think tank para propagar políticas ultraconservadoras. Bannon se concentra actualmente en ser el arquitecto de los populismos en Europa. Quiere trasplantar el trumpismo en la UE y pretende que los partidos ultraderechistas consigan asaltar las instituciones europeas. Toda esta estrategia tiene capital y epicentro: Roma. El líder de la Liga y ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, ya se ha adscrito a The Movement. Bannon ha definido a Salvini como “el heredero de Trump en Europa “. También ha dicho lo siguiente en una conferencia del partido neofascista Hermanos de Italia, aliados de la Liga: “Italia está hoy en el centro del universo de la política “.
La intención de Bannon es federar todos los partidos euroescépticos para dar la batalla en estas elecciones. Bannon intenta romper la UE en un momento en que el populismo parece un viento huracanado que da la vuelta al planeta, desde Estados Unidos a Filipinas, pasando por Brasil, Polonia o Italia. Bannon ha cruzado el Atlántico para aprovecharse del miedo de unas clases medias y populares castigadas por la crisis, para denunciar la traición de las élites y para advertir de los peligros de la inmigración. En definitiva, para debilitar aún más el sistema y ponerse al frente de una internacional populista europea. Debilitando – o rompiendo- Europa haría un último favor a su ex jefe, Donald Trump.

Una segunda razón a tener en cuenta es la que señala el analista José Ignacio Torreblanca: el sistema electoral que rige en las elecciones europeas tiende a sobrerrepresentar a las fuerzas euroescépticas y antisistema en relación a las elecciones nacionales. A lo que se añade la naturaleza de “segundo orden “de estas elecciones, que hace que al no elegir gobierno muchos electores decidan ejercer un voto de castigo, optando por partidos o fuerzas que no recibirían su confianza en unas elecciones nacionales. Casi más inquietante que un bloqueo del Parlamento o de algunas de sus políticas resulta la posibilidad de que esta vez las fuerzas eurófobas decidan, en lugar de conformarse con gritar en el Pleno e ignorar el día a día del trabajo parlamentario en las comisiones, cambiar la UE desde dentro en lugar de destruirla. En una Europa henchida de miedo al futuro, los eurófobos podrían encontrar en las urnas la manera de hackear el proyecto europeo para que sirviera a sus intereses. Si Europa cae podría no ser porque los eurófobos derriben sus muros, sino porque sus guardianes les abran las puertas.

Probablemente la manera más directa y eficaz de contrarrestar esta marea populista amenazante consiste en sacar adelante antes de las elecciones europeas los proyectos de relanzamiento de la UE, que están desde hace tiempo sobre la mesa en los despachos de Bruselas y en todas las cancillerías de los Estados miembros de la UE, particularmente los que hacen referencia a la inmigración, pero también la reforma de la Eurozona, nuevas políticas sociales, educación y nueva defensa europea, entre otros . El eje francoalemán, encabezado por Macron y Merkel, está apretando en este sentido. España y Portugal se adhieren a tales iniciativas. A partir de aquí, la fragmentación es lamentablemente evidente dentro de la UE: los países del este europeo, con el grupo de Visegrado al frente (formado por Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia) se oponen radicalmente a los planteamientos sobre inmigración. Los Países Bajos encabezan un grupo de ocho países, que incluyen los nórdicos y los bálticos, dispuestos a frenar cualquier reforma en profundidad de la eurozona.
Quedan pocos meses para evitar que los resultados de las elecciones europeas del mes de mayo de 2019 nos den un buen susto. Lo que nos jugamos es ni más ni menos que el futuro de Europa.