El Pararrayos Europeo: Una relectura de la “Idea de Europa” de Georg Steiner

Georg Steiner pronunció su brillante conferencia “La idea de Europa”en el Nexus Institut de Tilburg en mayo de 2004. Fue publicada en forma de librito y el actor catalán Oscar Intente la teatralizó posteriormente contribuyendo a su difusión. Transcurridos más de tres lustros, su relectura permite nuevas reflexiones. Empieza con esta afirmación: “Los pararrayos deben estar conectados a tierra”. Con esta metáfora el autor significa que, al igual que las ideas más abstractas, la idea de Europa debe estar anclada en la realidad. Y, podemos añadir, también este ambicioso proyecto que ve la luz dos siglos después del invento de Benjamín Franklin: la Unión Europea.

Las discusiones sobre la existencia o no de una identidad europea, o si se quiere de un denominador común a diversas identidades europeas, suelen se inconclusas y durarán al menos tanto como el lento camino hacia la plena integración europea. Sin embargo, la profunda reflexión de Steiner sobre la naturaleza de Europa nos muestra, aún sin afirmarlo explícitamente, que la idea de Europa es potente y se traduce en una identidad europea en la medida en que existen en el continente un espacio, una historia, una cultura y unos valores compartidos. En efecto, Steiner dibuja Europa con cuatro rasgos: Hecha de cafés, es decir de diálogo, intercambio de ideas, convivencia, y tolerancia. El único continente que se puede recorrer a pie: siempre se ha “hecho Europa” andando. O dicho de otra forma, la libre circulación de personas crea espacio europeo, cuando este se comparte. Lo saben muy bien los estudiantes de Erasmus. Europa es también el continente donde calles y plazas llevan nombres y fechas, en lugar de letras y números como ocurre en otros lugares: es un espacio de historia compartida (para bien y para mal). Europa es hija de Jerusalén y Grecia, es decir de la religión y del pensamiento especulativo. Y debemos añadir, de Roma, porque sin estado de derecho la democracia no se sustenta. Sobre estos mimbres y con gran esfuerzo se ha podido construir el proyecto europeo que consiste en compartir, además de todo lo anterior, la soberanía.

Después de este cántico al mundo europeo, Steiner lanza un aviso para navegantes. Concluye con una nota de profundo pesimismo y una severa advertencia: Europa ha tenido siempre miedo a un final. Esta amenaza de muerte de Europa puede venir de los ataques a su diversidad, raíces y valores; en una palabra: a su cultura. Sin cultura europea no hay Europa. El filósofo apunta como peligro principal la invasión cultural proveniente del otro lado del Atlántico. También el resurgir de los demonios de nuestra azarosa historia europea.

Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido los temores de Steiner siguen pareciendo hoy fundados, pero a la vez excesivos. La globalización ha proseguido a ritmo ineluctable, acelerándose bajo los impulsos de los avances en las tecnologías de la información y la comunicación, la explosión de las redes sociales y la masificación de la cultura-mercancía. Han aparecido, además, otras múltiples amenazas que pocos habían previsto. Se puede ya hablar de una policrisis europea: crisis financiera y de la deuda; crisis de los refugiados; amenaza terrorista; crisis del cambio climático; resurgir de los populismos; Brexit; amenazas de Trump al multilateralismo y a la visión europea del mundo; resurgir de imperios iliberales en China, Turquía, Rusia e incluso la India. A pesar de ello, ni la cultura europea ni Europa como proyecto han muerto. Ello nos indica que su salud es más sólida de lo que algunos pensaban. O tal vez que la Unión Europea está aprendiendo a hacer de la debilidad virtud, movilizándose frente a las amenazas.

Pero esta constatación de la supervivencia de Europa no permite echar las campanas al vuelo, porque los problemas apuntados siguen pendientes de solución. Una cierta idea compartida de Europa y los beneficios que de ella derivan han permitido avanzar en la construcción de la Unión, contando con cierta adhesión, o al menos tolerancia, de la ciudadanía. Pero esta actitud ha cambiado en los últimos años. Los ciudadanos holandeses a quienes se dirigía Stenier en 2004, votaron un año después contra el tratado constitucional, como también los franceses. Los temores de la ciudadanía han crecido al ritmo de las crisis. Se centran en cuestiones como la supervivencia del modo de vida europeo, nuestro modelo social, el marco de libertades, la inmigración o la supervivencia del planeta frente al cambio climático.

Todo ello nos retrotrae al inicio del texto de Steiner y su pararrayos. En estos tiempos de incertidumbre los viejos estados nación europeos se muestran incapaces e insuficientes ante la naturaleza y dimensión de los retos que les desbordan. ¿Qué pararrayos puede protegernos de las descargas amenazantes de la globalización, si no la Unión Europea?. Pero la condición de su eficacia es su conexión a tierra. Es decir: el anclaje en los valores europeos, la respuesta a los problemas y preocupaciones de la ciudadanía y el respeto a la diversidad cultural de un demos aún en formación, que no es único, sino plural y diverso.

La Unión Europea no ha respondido suficientemente a estas exigencias. Ha permanecido ensimismada durante demasiado tiempo, construyéndose como proyecto de élites para el pueblo, pero lejos de él. Muchos dudan que respete y promueva con vigor suficiente los valores que proclama. El Parlamento Europeo camina lentamente en la dirección de corregir este déficit, pero no ha llegado a colmarlo. Hay signos que indican que la Comisión Europea de Ursula von der Leyen ha comprendido el reto cuando apunta, entre sus prioridades, una economía al servicio de las personas, un nuevo impulso a la democracia europea, la transformación digital, promocionar el modo de vida europeo, reforzar la Europa social o establecer un ambicioso pacto verde. Se propone también iniciar una amplia consulta ciudadana que pueda desembocar en la revisión de los tratados. Algunos líderes de los estados miembros proclaman una renovada fe europea. Europa no ha muerto por disolución cultural, pero podría hacerlo por irrelevancia si no refuerza el nexo con la ciudadanía. Vamos a ver si el pararrayos europeo se conecta firmemente a tierra.

JOSEP Mª LLOVERAS
Ex-funcionario europeo y socio del Club Tocqueville.