Claves para las elecciones Europeas

Las elecciones al Parlamento europeo tendrán lugar en España el domingo 26 de mayo de 2019 para elegir 64 diputados, número no despreciable en un parlamento de 705 escaños. El mismo día se celebrarán las municipales y en trece comunidades también las autonómicas, lo cual puede generar movilización, pero también confusión. Las elecciones legislativas habrán tenido lugar un mes antes con lo que al menos se habrá evitado indigesto super domingo electoral. En las últimas europeas de 2014 se presentaron en España 39 candidaturas de las que solo 10 obtuvieron representación. Las elecciones europeas suelen percibirse como distantes y secundarias y se votan a menudo en clave nacional, resultando en una baja participación. Si embargo las próximas elecciones europeas revisten una importancia particular, mayor que en anteriores ocasiones, por lo que conviene juzgarlas en clave europea y con plena conciencia de sus efectos.

Del resultado dependerá la composición del Parlamento europeo, el cual desde el Tratado de Lisboa tiene que dar su acuerdo previo a toda la legislación ordinaria de la UE, afectando multitud de ámbitos de nuestra vida diaria, entre ellos el margen de maniobra del gobierno para conducir la política económica. El resultado condicionará también la elección del presidente de la Comisión europea, figura clave en la dinámica de la integración europea. Recordemos que en las elecciones de 2009 irrumpieron los euroescépticos, ocupando 56 de 736 escaños y que en 2014 casi doblaron su presencia hasta 108 de un total de 751. En la última ocasión y en la vecina Francia el Frente Nacional fue la fuerza más votada. Si observamos el peso creciente de los euroescépticos y de los antieuropeos de uno y otro extremo en los parlamentos nacionales, hay que considerar el posible resultado de un parlamento europeo con una cuarta parte o más de eurodiputados refractarios y tan fragmentado, que pueda resultar difícil conseguir las mayorías necesarias para impulsar el proyecto europeo. Ello podría ser un riesgo asumible si la UE no afrontase desafíos existenciales y se tratase de un proyecto culminado y plenamente equipado para resolverlos. Pero no es el caso.

Durante los cinco años de vida el actual Parlamento europeo la UE ha sufrido una acumulación de crisis sin precedentes y sin respiro. Mientras las secuelas de la crisis económica y financiera siguen aún marcando la agenda, con problemas pendientes como la desigualdad, el desempleo, especialmente juvenil y la fractura norte-sur, empiezan las dudas sobre cuando puede surgir la próxima crisis. En paralelo han surgido otros retos igualmente importantes. La crisis de los refugiados en 2015 con el subsiguiente desacuerdo de muchos estados miembros sobre la inmigración. El inicio del Brexit en 2016, el acceso de Trump al poder en 2017 con una agenda contraria a los valores europeos, la puesta en cuestión de la legalidad democrática europea desde el interior (Hungría y Polonia) o de los procedimientos de disciplina económica desde Italia, el resurgir de imperios iliberales en el exterior (China, Rusia, Turquía), la guerra de Siria, la inestabilidad en el norte de Africa, el recrudecimiento del terrorismo, la amenaza del cambio climático cada vez más presente, los peligros de las redes sociales para la privacidad y la democracia y, una vez más, la dificultad en consensuar la política exterior como hemos visto con Venezuela. Se comprende que la conjunción de tantas amenazas provoca un sentimiento de inseguridad y se traduce en el resurgir de los populismos en muchos países, incluido el nuestro.

Ante este difícil panorama la Unión no se ha comportado pasivamente, incluso ha mostrado una notable resiliencia ante tamaño torbellino. Así lo muestran la posición unitaria y firme ante el Brexit, el papel en la conferencia del cambio climático de Paris en 2015, el reforzamiento del pilar de defensa, avances parciales en la unión monetaria y en mecanismos para reducir el riesgo de futuras crisis financieras, propuestas en materia de inmigración o de responsabilidad de las redes sociales. Pero los resultados palidecen ante la magnitud de los retos, no por ignorancia de los problemas sino por la debilidad de los instrumentos disponibles para atacarlos. En efecto, ninguno de estos retos se puede resolver en clave puramente nacional o incluso intergubernamental, es decir cuando se requiere acuerdo unánime. Se precisan más mecanismos comunitarios o supranacionales, que implican cesión de soberanía a la UE. Pero los estados son reticentes a aceptarlo y los políticos que mejor pueden liderar la UE, Merkel y Macron, están debilitados y el electorado vacila entre la desorientación y la indignación.

Se empiezan a conocer los programas de los diferentes partidos políticos para las elecciones europeas. Convendrá juzgarlos en su justo valor. He aquí algunas claves. Primera clave: no descalificar a nadie a priori. Los antieuropeos suelen ser maestros en el arte de identificar las preocupaciones de los europeos, aunque no en la forma de resolverlos. Reconocer los problemas es el primer paso. Segunda clave: la utilidad. En una elección de circunscripción única, regida por nuestra regla habitual de proporcionalidad, la mayoría de listas acaban en la papelera, por lo que el voto de protesta o testimonial suele acabar en el olvido. Tercera clave:

El grupo. ¿Con que grupo del Parlamento europeo se asociará cada lista para poder ejecutar su programa? Dime con quien andas y te diré no solo quién eres, sino que puedes conseguir.

Cuarta clave: el candidato a presidir la Comisión europea. ¿Está definido? ¿Parece adecuado?

Quinta clave: el programa. ¿Ataca los problemas? ¿Lo hace con soluciones europeas y en línea con los valores europeos? ¿Fomenta más integración europea? Del resultado de las elecciones dependerá que la Unión Europea pueda dar un salto hacia la culminación de la construcción europea o, por el contrario, continúe arrastrándose a remolque de las crisis poniendo en riesgo el propio proyecto.